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Puente-Genil. Un paseo por 1.834

Plano de Puente-Genil en el momento de su fundación, año 1834

Puente-Genil. Un paseo por 1.834

Ya hacía rato que había amanecido y los primeros rayos de sol despuntaron río arriba, era diciembre y me encontraba encima del carro con mi padre, veníamos de la Villa de Estepa y al llegar a Miragenil, a la altura de la plaza de Santiago ya se podía ver el Pontón, entonces imaginaba como tuvo que ser la portada que tenía a ambos lados del puente, con los dos escudos de armas que culminaban su capitel y que pertenecieron al Duque de Medinaceli, pero fueron eliminados por el Ayuntamiento hace 21 años. Al llegar a el siempre me gustaba hacer lo mismo, se había convertido en un ritual, cuando cruzaba el famoso pontón de la Puente de Don Gonzalo, me gustaba siempre bajarme de un salto y apoyarme sobre unos fuertes, viejos y ennegrecidos maderos, desde donde podía ver como las gélidas aguas del río Genil avanzaban sin reparo, golpeando incesantemente sobre sus pilares de piedra y madera que tenía el viaducto.

Entonces mi padre me gritaba:

– ¡Vamos sube al carro hijo, que se nos hilacha el día!

Y corriendo volvía a subirme con el carro en marcha. Sin embargo en esta ocasión y al girar hacia la derecha, observamos un alboroto en la plaza nacional y mucha gente en el Paseo del Genil. El bullicio tenía carácter festivo por lo que preguntamos:

- ¡Señora!, ¿Que se celebra hoy?, ¿Quizás alguna procesión?
- ¡No!, no se ha enterao usted, que hoy se une la Villa con Miragenil, y a partir de ahora somos Puente-Genil.
- ¡Ufff!, menos mal (resoplo mi padre). Entonces la almona estará abierta, ¿verdad?
- Pues claro que si Señor, puede usted comprar to el jabón que quiera.
- Gracias señora y que el nuevo nombre sea para bien.

Seguimos nuestro camino por la calle de la plaza, aliviados al saber que nuestro viaje no sería en vano. Dejamos atrás la parroquia de Ntra. Sra. de la Purificación que es la primera y por tanto la más antigua de la Villa, en la puerta estaba la fuente y habían varias mujeres llenando los cantaros de agua, pero nosotros siempre nos parábamos en el convento de los frailes de Ntra. Sra. de la Victoria porque su fuente era más grande, de piedra blanca y tenía cuatro caños de bronce, aquí había que esperar menos. Aún recuerdo la conversación que escuche ese día, de una señora con un hombre mayor que se encontraba sentado al sol, sobre la ancha piedra de la misma fuente:

- ¿Sabe usted Señor, que la piedra blanca en la que está sentado la trajeron de sierra gorda, para hacer la fuente?
- Si hija, claro que lo sé.
- Pues tuvo que tener su trabajo, traer desde tan lejos tan pesadas piedras.
- Si que tiene su merito, pero no es nada si lo comparamos con la obra faraónica que tuvimos que hacer, para traer el agua que sale por sus caños.
- ¿Y qué obra fue esa de tanta envergadura?
- Mira hija, el agua viene del famoso manantial de Fuente Álamo, paraje en el que los romanos habitaron en antaño. Desde allí se canalizó el agua con miles de atanores de barro cocido, abriendo una zanja con pico y pala, hasta llegar a la Puente.
- ¡Dios mío!, Si hay casi cuatro kilómetros.
- Si pero fuimos más de un ciento los que trabajamos en dicha obra, y fue una maravilla ver como la primera fuente ubicada en la calle horno manaba agua sin cesar, ocurrió hace 19 años en la primavera de 1815.

Ya me lo decía mi padre que esta villa vive siempre a la última, pero no imaginaba el trabajo que costaba tener estas comodidades, para que llegue el agua a la puerta de la casa.

Continuamos nuestro camino y enseguida llegamos a la calle Feria, allí donde se alza la capilla del Señor del Río desde finales del siglo pasado (S.XVIII), por lo que ya hemos llegado a nuestro destino. Ahora entraremos en la fábrica de las almonas, y mi padre negociará el precio con las hermanas Mª Carmen y Mª Concepción Velasco, que son las dueñas de la fábrica, después cargaremos el carro con cajas de jabones de sosa para nuestro negocio y partiremos de regreso.

Todo ocurrió como pensaba, sin embargo y por el buen precio que se negoció, volvimos por la calle Cantarerías para desembocar en la calle Santa Catalina, que por aquellos días comenzaba a ser una calle importante, en la que incluso había una pastelería de las tres que ya existían en la Puente de Don Gonzalo.
Paramos el carro en la misma puerta de la dulcería y al entrar se respiraba un aire dulcemente azucarado con frescos aromas de anís. Había montones de cajas de cristal llenas de dulces:
Merengas, yemas de huevo, piñonate, bizcochos, mostachones, etc. y debido a que la navidad esta cerca en uno de los mostradores se presentaba artísticamente el mazapán en ramillete, turrón melado de azúcar con y sin canela, alfajores y tortillas de la pascua. Nos llevamos una caja grande de pasteles, que amarrada con una suave y fina guita aseguraba el envase de cartón para su transporte.

Me moría de ganas de comerme una merenga, pero primero debía comerme el hoyo de pan y aceite, que mi padre me preparó, también compró aceite fresco y pan recién hecho, cortándome un trozo de éste y retirando del centro un buen pedazo de migajón, vertió en el interior un generoso chorreón del verde aceite de la comarca, que es sin duda uno de los que mejor sabor y pique tiene, volviéndolo a tapar con la miga extraída lo devoré en minutos, y por supuesto seguidamente me zampe el deseado Pastel. Con el estomago lleno continuamos nuestro camino por la calle Madre de Dios, de pronto comenzamos a escuchar las campanas de la iglesia y una estampida de gorriones y palomas volaron en todas direcciones, todo fue provocado por la iglesia, de Ntra. Sra. de la Purísima Concepción que es de estilo barroco y se encuentra al final de la calle, la gente comenzó a salir de sus casas al clamor de las campanas y exclamaban:

Viernes Santo por la tarde
Aunque la fotografía se hizo unos setenta años después de 1834, en ella se refleja claramente la diferente forma de vestir que tenían nuestros antepasados.

Además es significativo como se encontraban aunadas las diferentes clases sociales en la celebración de la tarde de un Viernes Santo, que es el momento que recoge esta imagen.

- ¡Ya es oficial…!
- Es verdad, están tocando las campanas de todas las iglesias a la vez…
- ¡Si, ya somos Puente-Genil, un solo pueblo!
- Se acabó que los traperos, después de hacer sus fechorías en la Puente, se marchen a Miragenil partido de Sevilla para que la ley no pueda hacerles nada.
- ¡Viva Puente-Genil, Viva!

Seguimos avanzando por la cuesta Baena, y conforme vamos descendiéndola, se puede diferenciar perfectamente el sonido de otro campanario, que se corresponde con el de parroquia de Ntra. Sra. de la purificación, y es que así estaban todas las iglesias, tocando sus campanas al unísono, y provocando un gran estruendo en toda la población, que seguro se escucharía a varios Km. a la redonda, y es que según me dice mi padre, esta población cuenta al menos con una docena de templos.

Volvimos a desembocar a la calle Don Gonzalo, donde al parecer continuaba el trajín de gentes alrededor de la casa consistorial. Sin embargo donde seguía el ambiente festivo, era realmente en el paseo del Genil, en el que ya se preparaba la banda de música municipal, para tocar algunas piezas musicales. Había gente de todas las clases sociales, se podían distinguir por sus vestiduras, algunas de faena y otras más elegantes, con chaqueta, camisa blanca y sombrero cordobés, y las señoras con chal de encaje y puntas bordadas.

Finalmente cruzamos el fantástico puente, en donde irremediablemente tuve que repetir mi costumbre, pero en esta ocasión no se escuchaba el ruido de las valientes aguas del Genil, porque estaban cubiertas con el sonido de las campanas de la Iglesia de Santiago el Mayor, y de pronto mi padre dijo:

– ¡Vamos sube al carro hijo, que se nos hilacha el día!

Emprendimos el regreso a casa y enseguida dejamos atrás las grandes casas señoriales, con sus patios blancos llenos de flores, subiendo una gran cuesta entre olivares quedaron abajo las últimas viviendas y el antiguo cementerio del Cristo de los olvidados, en el campo se encontraban los aceituneros y las aceituneras, recogiendo la cosecha del año. Fue entonces cuando desde lo más alto, se podía contemplar toda la extensión del nuevo pueblo, y de pronto comprendí que había sido testigo vivo, de ese momento tan especial que tiene lugar en el instante de la aurora, y aparece el primer haz de luz en el alba, entonces da comienzo el actual e industrial Puente-Genil.